El encanto de las musas. La ciencia y sus museos
El encanto de las musas. La ciencia y sus museos
Juan Nepote1
En la mitología griega las musas eran las nueve hijas de Zeus y Mnemosine —quiénes, en una hazaña posible sólo entre dioses, las engendraron en las únicas nueve noches que estuvieron juntos— responsables de la inspiración artística. Y por tanto también de que existan los museos…
Hace más de dos mil años, el rey de Egipto Ptolomeo I nombró Museion (“casa de las musas” o “lugar de la inspiración”) al ambicioso complejo cultural que mandó edificar en la ciudad de Alejandría, destinado lo mismo a la investigación que a la enseñanza.
Varios siglos después, con el afán de retomar la tradición griega de la búsqueda y el cultivo del placer por el conocimiento, Lorenzo de Médicis recuperó la idea y la convirtió en Museum, para referirse a su vasta colección de códices, piezas históricas y obras de arte. El concepto tuvo éxito y durante el Renacimiento se formaron importantes colecciones artísticas privadas, de manera simultánea a la aparición de los primeros antecedentes de los museos de ciencia: selecciones de objetos fuera de lo común, plantas exóticas de diversas partes del mundo, gigantes y feroces animales disecados, esqueletos humanos, espejos curvos que deformaban las imágenes, entre otras “curiosidades”.
Hacia 1727, Caspar Friedrich Neickl publicó una serie de reflexiones sobre técnicas de exposición, instalación y conservación de obras de arte bajo el nombre de Tratado de museografía u orientación para el adecuado concepto y conveniente colocación de los museos o cámaras de curiosidades, el cual —junto con los procesos desencadenados por la Revolución Francesa y sus ideales de igualdad, fraternidad y legalidad— apuró a que los museos se fueran convirtiendo en lugares públicos, en vez de mantenerse como galerías privadas; se transformó en verdaderos museos de ciencia aquellos rudimentarios gabinetes de curiosidades, y provocó su proliferación por todos los rincones del mundo, con el objetivo de apoyar la educación de los ciudadanos.
Actualmente, los museos de ciencia gozan de una gran aceptación: se estima que aproximadamente 290 millones de personas acuden cada año a las más de 2400 instituciones de este tipo. Más importante aún, los museos de ciencia tienen un enorme potencial: estimulan la curiosidad e influyen en las actitudes de las personas en relación con la ciencia. Para muchos representan la única oportunidad a la que tienen acceso para formarse una opinión de la científica más allá de los prejuicios y malentendidos originados durante la vida escolar.
Frank Oppenheimer supo dar con la clave: “si los visitantes del museo sienten que entienden el mundo que los rodea, incluso si sólo se quedan con la convicción de que podrían entenderlo si quisieran. Entonces, y sólo entonces, serán capaces de sentir que pueden hacer una diferencia mediante sus decisiones y acciones. Sin esta convicción las personas viven con el sentimiento de ser eternamente empujadas por fuerzas y eventos ajenos a ellas”.
1Premio Estatal de Ciencia y Tecnología Jalisco 2008. Coordinador de Transferencia del Conocimiento y Educación Permanente del Centro Universitario de los Lagos.
Correo electrónico: nepote@gmail.com














