Revistas de divulgación de la ciencia en México, una historia para contar
Revistas de divulgación de la ciencia en México, una historia para contar
Estrella Burgos1
Uno de los primeros trabajos de mi vida fue pegar aritos de plástico a la página de un anuncio en una revista. Los aritos —lo supe después— eran empaques. El trabajo me duró un verano, a mí y a mis amigos de la cuadra. La revista se llamaba Técnica pesquera y la dirigía mi madre, Águeda Ruiz. Es muy posible que sin proponérselo, ella haya iniciado la primera revista de divulgación de la ciencia propiamente dicha en nuestro país. En Técnica pesquera, además de información muy práctica para las cooperativas de pescadores, había mucha divulgación de las ciencias del mar. Este esfuerzo duró un par de décadas, con apoyo de la Secretaría de Pesca. Años después, en el 2000, tuve el gusto de conocer a Fernando Reyes, pionero del periodismo científico en Chile, quien me contó de lo mucho que había disfrutado los artículos de Técnica pesquera por su gran calidad como divulgación de la ciencia. Me dejó muy sorprendida, pues fue hasta entonces que descubrí la naturaleza de la revista en la que había pegado aritos. La paradoja era que yo llevaba ya más de 15 años dedicada a divulgar la ciencia, sobre todo en revistas, ignorante del importante papel que había tenido Técnica pesquera en esta labor. De lo que sí sabía algo era de la dificultad de mantener a flote una publicación periódica y no sólo por los afanes de mi madre y su equipo editorial: había visto desaparecer la revista Naturaleza, de la UNAM, tras 15 años de hacer una divulgación muy exitosa y que sigue siendo ejemplar; había visto desaparecer Información Científica y Tecnológica, revista del CONACYT donde se hizo periodismo científico de altos vuelos por muchos años, y otras de más corta duración como Chispa, Prisma científico, Universo… Felizmente, Ciencia y Desarrollo, la más antigua de las publicadas por CONACYT, persiste, al igual que Ciencias, de la UNAM, y han surgido otras con el auspicio institucional, por ejemplo C+TEC, que generosamente me ha dado este espacio, Conversus del Instituto Politécnico Nacional, Elementos de la Universidad Autónoma de Puebla, y la que tengo el privilegio de dirigir, ¿Cómo ves?, de la UNAM.
En un brevísimo balance podría decirse que hoy la salud de las revistas institucionales de divulgación de la ciencia parece buena, la pregunta es: ¿cómo mantenerla más allá de los tiempos de una administración —o de varias—, y frente a los retos que representan Internet y las publicaciones comerciales? No pretendo dar aquí una respuesta, pero al menos sí apuntar que las revistas, ya sean impresas o digitales (o, idealmente, que se presenten de las dos formas), necesitan lectores. Sin ellos, su existencia carece de sentido. La buena noticia es que cada vez hay más interés en la ciencia por parte de diversos públicos; si ofrecemos historias de ciencia bien contadas, de gran calidad periodística y literaria, con un diseño gráfico profesional y con imágenes tan atractivas como pertinentes, llevamos ya una parte del camino andado. Pero para eso es necesaria la independencia en la política editorial y esta política debe estar siempre orientada a servir a los lectores. Lograr la calidad a la que hago referencia requiere de equipos de trabajo con expertos en divulgación de la ciencia y en comunicación gráfica, así como asesores científicos que supervisen el rigor de los contenidos (algo de lo que no pocas publicaciones comerciales carecen) y entregas escrupulosamente puntuales; a los lectores, claro, hay que conocerlos hasta donde sea posible. En su día, Técnica pesquera lo consiguió y sus lectores fueron la base para que perdurara. Contribuyó también, debo decirlo, el anunciante de empaques con forma de aritos.
1Editora de la revista de divulgación ¿Cómo ves?,
Universidad Nacional Autónoma de México.














