Las michoacanas en vísperas de la Independencia
Las michoacanas en vísperas de la Independencia
Moisés Guzmán Pérez1
De acuerdo con la concepción jerárquica, estamental y racial que caracterizó a la Nueva España del Antiguo Régimen, en el último cuarto del siglo XVIII, la población que habitaba en la extensa diócesis de Michoacán estaba dividida en tres razas: españoles, indios y castas. Los primeros representaban una minoría y estaban conformados por españoles venidos de la península y por los criollos nacidos en estas tierras; los segundos, constituían un núcleo importante, si tomamos en cuenta que muchos de los pueblos de la provincia pertenecían a las etnias tarasca o purépecha, otomí, mazahua, nahua y matlatzinca o pirinda, además de muchos advenedizos de ascendencia indígena. El grupo de las castas era igualmente considerable y en ellos se agrupaban a todas aquellas personas producto de las mezclas raciales consideradas impuras por la Iglesia, como negros, moros o judíos. Esto era igual para mujeres y hombres, y los libros parroquiales que existen en las iglesias de muchos pueblos del obispado, dan cuenta de esa realidad.
La situación de la mujer michoacana en vísperas de la insurgencia variaba en función tanto de su calidad étnica como de su condición social. Las llamadas “españolas” podían aspirar a la vida conventual en los monasterios que albergaban a las religiosas dominicas de Santa Catalina de Siena y de María Inmaculada de la Salud, en las ciudades de Valladolid y Pátzcuaro, respectivamente. Las mujeres indígenas que eran hijas de “caciques” también tenían un lugar reservado en el convento de Santa Clara de Valladolid, dependiente de la orden de San Francisco. En cambio, las que eran producto del mestizaje y de las castas, se les empleaba como servidumbre en las casas de las principales villas y ciudades de la provincia, donde permanecían hasta el final de sus días.
A menudo, las mujeres pertenecientes a este último grupo eran objeto de abusos sexuales. Por eso no sorprende que en los libros parroquiales aparezcan decenas de registros de niños “hijos de padres no conocidos” o “hijos naturales” que sólo en contadas ocasiones llegaron a llevar el apellido del padre, como sucedió, por ejemplo, con Juan Nepomuceno Foncerrada y Soravilla, hijo natural del rico comerciante vizcaíno José Bernardo de Foncerrada y de Josefa Soravilla.
Aunque, por lo general, la mayoría de las mujeres formaban parte de lo que en aquella época se consideraba “el populacho” o “la plebe de la ciudad”, algunas de ellas lograban mantenerse de la venta de artículos y productos de consumo cotidiano, pero otras tomaban el camino de la prostitución y el libertinaje para poder subsistir.
La gran mayoría de las mujeres michoacanas de finales del virreinato carecía de instrucción; no sabían leer ni escribir y sólo unas cuantas habían podido ingresar como alumnas en el prestigiado colegio de Santa Rosa María de Valladolid, fundado por el obispo Francisco Pablo Matos Coronado, en agosto de 1743. La institución fue erigida para la educación y amparo de las niñas y mujeres huérfanas, de calidad española, así como para la formación de doncellas nobles que, gracias a la desahogada posición económica de sus padres, podían cubrir su manutención.
Otras instituciones que también llegaron a ofrecer cierta instrucción a las mujeres pobres del obispado fue el colegio o beaterio de Carmelitas de Valladolid, mismo que ya funcionaba desde enero de 1784, gracias al mecenazgo del canónigo de la catedral Mariano Escandón y Llera, así como el beaterio de niñas de San Nicolás Obispo que, desde principios del siglo XVIII, funcionaba en la ciudad de San Luis Potosí, gracias a la bondad de don Nicolás Fernando de Torres y de su esposa Gertrudis Teresa Maldonado Zapata, quienes donaron fuertes sumas de dinero para la fábrica del edificio y la manutención de las niñas. A las mujeres formadas en estos establecimientos se les preparaba para dos cosas fundamentales en la vida, de acuerdo con los valores de aquel tiempo: despertar en ellas su vocación religiosa, o bien, amar, honrar y obedecer a sus futuros cónyuges.
Muy pocas de ellas hacían de “amigas” o “maestras de escuela” y se ocupaban de la educación de los hijos de familias acomodadas, avecindadas en las villas y ciudades de Zamora, Zitácuaro, Pátzcuaro o Valladolid. Así sucedió con María Guadalupe Dolores Cayetana, una jovencita “de virtudes nobles y sublimes” nacida en Pátzcuaro el 7 de agosto de 1789, hija de José Miguel Acosta y Ana María Álvarez, quien, además de educar a los hijos de la gente humilde del campo, a quienes trataba como si fueran sus hijos, acompañada de su perrita Palmira visitaba las chozas miserables llevando sustento y alivio al desvalido y al enfermo de las haciendas de Sanabria, Aranjuez y pueblo de Zirahuén. Además, mujeres como ella solían tener reuniones “en sociedad”, hacían gala de sus habilidades en la oratoria y hasta daban consejos a varios de los jóvenes que asistían a las tertulias, tal como lo recordará algunas décadas más tarde su eterno enamorado, el bachiller Manuel de la Torre Lloreda. María Guadalupe falleció el 4 de octubre de 1833, víctima del cólera morbus, y su cuerpo fue sepultado en la ciudad de San Miguel de Allende, en Guanajuato.
Los enlaces matrimoniales eran generalmente un asunto de familias, previamente acordado por los miembros de las élites para consolidar el poderío y la preeminencia del grupo oligárquico. En vísperas del inicio de la independencia, fue cada vez más común que “las personas de distinción o esfera” pidieran a las autoridades eclesiásticas no hacer públicos sus matrimonios, porque eso de anunciarlos en distintas parroquias se tenía de poca estima y honor, como lo señaló, en 1793, el licenciado José Nicolás Michelena, cuando pretendía casarse con María Ignacia de Monasterio y Orovio, prima hermana de José María Abarca. En cambio, entre la gente común, el pretendiente debía contar con el consentimiento del padre, o de la madre, si ésta era viuda. La edad en que las mujeres michocanas se casaban oscilaba entre los 16 y 19 años, aunque hubo “doncellas” de hasta 25 años que también realizaron el sueño de ser esposas y madres.
Otras mujeres sufrían abusos y maltratos continuamente por parte de personas del sexo opuesto; eran engañadas bajo falsas promesas de matrimonio y eso repercutía en el incremento de un número importante de niños que crecían sin padre. Los libros de bautismos de los archivos parroquiales están llenos de nombres de mujeres de distinta condición (doncellas, viudas y casadas), que en un acto de piedad aceptaban fungir como madrinas de decenas de niños expósitos.
Antes de que diera inicio la lucha por la independencia, las mujeres michoacanas habían dado muestras de amor, respeto y fidelidad al rey de España y de las Indias.
Cuando ocurría la muerte de algún soberano se realizaban “honras solemnes” en las principales iglesias de la diócesis de Michoacán, a las que asistían, junto con los subdelegados, todos los vecinos de distinción y un numeroso concurso de ambos sexos, tal como ocurrió en 1789, en Tlalpujahua, Pátzcuaro, Valladolid y otros lugares, al conocerse el deceso del rey Carlos III.
Lo mismo sucedó cuando las autoridades civiles y eclesiásticas de las principales ciudades y villas de la provincia realizaron la ceremonia de proclamación del nuevo monarca Carlos IV y de su esposa Luisa de Borbón. Frente a los retratos de los reyes, las mujeres y hombres que acompañaban y estaban presentes en la función, manifestaban su inmenso regocijo con reiteradas vivas y emotivas aclamaciones. Por la noche, luego de las proclamaciones realizadas en el ayuntamiento, en el obispado y en la casa del alférez real, en los salones de la casa de este último se llevaba a cabo un convite, se servía un refresco y, luego de concluido, se trasladaban las damas y todos los concurrentes a otro salón para participar en el baile que solía durar hasta la medianoche. Como el que tuvo lugar en Valladolid, el 14 de febrero de 1791, sarao al que concurrieron “ochenta y seis damas ricamente vestidas, y se bailaron contradanzas de hasta veinte y seis parejas”.
Los sucesos que ocurrían en las villas y las ciudades importantes de Michoacán contaban casi siempre con la delicada presencia de las mujeres. Cuando se fundaron las cátedras de Derecho Civil y Canónico en el Colegio de San Nicolás Obispo de Valladolid, a los lados de la puerta principal del establecimiento, los músicos de la iglesia catedral, así como los de la tropa, amenizaron el suceso en presencia de los representantes de los cabildos civil y eclesiástico, del intendente y su distinguida familia; de los prelados, los miembros del clero, la oficialidad y demás personas distinguidas de la ciudad. El superintendente del colegio, licenciado Mariano Escandón y Llera, ordenó que en lo alto de las casas ubicadas al frente del mencionado colegio, se colocara otro vistoso tablado, tapizado e iluminado “para todas las damas de distinción que asistieron por convite; y así en éste como en el colegio se sirvió un costoso y general refresco, nada vulgar y sin distinción de personas, completándose esta hermosa noche con unos exquisitos y artificiosos fuegos”.
En tiempos difíciles las mujeres michoacanas también dieron muestra de fidelidad y vasallaje al soberano. Cuando ocurrieron las sucesivas abdicaciones de la familia real en Bayona a favor de Napoleón Bonaparte, y miles de tropas francesas invadían la península, en todas las posesiones de la monarquía se desató un sentimiento patriótico sin precedente, manifestado a través de actos de repudio al invasor, de rogativas públicas por el fin de la guerra y en cuantiosos donativos aportados por mujeres y hombres de todos los niveles sociales que estaban en posibilidad de hacerlo. Era de esta manera y no otra, como las mujeres michoacanas daban muestra de su fidelidad al rey cautivo.
Los sitios que solían frecuentar las mujeres de buena posición acompañadas de sus maridos o de sus familias, eran las casas de tertulia, los paseos vespertinos y, sobre todo, la misa dominical. Por su parte, las mujeres de condición humilde iban a la plaza, a la calle, al mercado y a escuchar misa en las iglesias de sus respectivas parroquias o capillas. Pero lo más interesante de todo fue que, a partir de aquella coyuntura, las mujeres comenzaron a participar en tertulias y “asambleas” al lado de sus maridos, en las que se leían las Gacetas y Diarios de México, se comentaban las noticias del día y se discutía sobre el futuro político del reino. Se expresaba así en la mujer una toma de conciencia diferente y se insertaba de lleno en el campo de la opinión y del libre debate de las ideas. Las conspiraciones de Valladolid en 1809 y de San Miguel el Grande en 1810, fueron la mejor prueba de ello.
1Instituto de Investigaciones Históricas,
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.














