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La conspiración de Valladolid: un antecedente de la independencia nacional

La conspiración de Valladolid: un antecedente de la independencia nacional
José Napoleón Guzmán Ávila1

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la corona española puso en marcha una serie de medidas de gobierno que obedecían a un proyecto reformador. Las Reformas Borbónicas causaron gran descontento entre los diversos sectores de la sociedad novohispana. Españoles, criollos, mestizos, indígenas y castas se vieron afectados por las nuevas disposiciones, en su mayoría de carácter hacendario, las cuales tenían como principal objetivo recaudar impuestos de una manera más eficiente, para así paliar las dificultades económicas por la que atravesaba la metrópoli.

La crisis agrícola de 1785 y 1786, la aplicación de las Reformas Borbónicas, la influencia ideológica del liberalismo francés, las dificultades de los criollos para acceder a cargos políticos de importancia, la expulsión de los jesuitas y la invasión de Francia a España en 1808 —que dio lugar a la sustitución de Fernando VII—, propiciaron un clima de inconformidad social, del que no pudieron sustraerse los criollos.

Valladolid misma es el reflejo de una sociedad llena de contradicciones económicas, políticas y sociales, propias del régimen colonial. Ello queda de manifiesto en la descripción que sobre la ciudad nos ofrece la historiadora Isabel Marín:

Las opulentas casas de los ricos estaban concentradas principalmente alrededor del conjunto formado por la catedral y las plazas que se encontraban a sus lados. En el centro vivía la élite local y sus sirvientes, los portales que rodeaban la plaza principal resguardaban las tiendas de los grandes comercios. No muy lejos de ahí moraban los indígenas, mulatos y mestizos organizados en barrios, los arrimados que llegaban a la ciudad en los momentos de hambruna y los subocupados.

Ante esta situación económica, política y social, los criollos vallisoletanos comenzaron a conspirar contra el gobierno español, en septiembre de 1809. Este grupo de hombres y mujeres, elaboraron un plan cuyo objetivo principal era formar una Junta de Gobierno en Michoacán. De esta Junta, se desprenderían juntas menores o subalternas que representarían a todas y cada una de las provincias de la Nueva España, cuya búsqueda sería un gobierno autónomo de España, pero guardando fidelidad al monarca Fernando VII. Se crearía un gobierno militar y uno político, y se procuraría que la tropa dispusiera de un sueldo de cuatro reales diarios. Por último, se prestaba especial atención a la incorporación de los indígenas y las castas, al eximirles del pago de tributo, “medida que —se preveía— redituaría la adhesión de dieciocho o veinte mil hombres”.

La Conspiración de Valladolid fue encabezada por un grupo de criollos, todos miembros sobresalientes de la sociedad vallisoletana; entre los que podemos mencionar a: Mariano y Nicolás Michelena, José María García Obeso, el licenciado José Antonio Soto Saldaña, fray Vicente Santa María, el padre Manuel de la Torre Lloreda y los militares Manuel Muñiz y Ruperto Mier. Es de destacar, también, la presencia de Pedro Rosales, a quien la historiadora Martha Terán Espinosa ha descrito de la siguiente manera:

Era uno de los indios principales más viejos de la ciudad de Valladolid. A sus setenta y dos años se le conocía como el cacique Rosales y solía desplazarse a caballo. Se relacionaba con muchos indios de los pueblos (…) lo reconocían en el centenar de pueblos comarcanos de Valladolid.

La Conspiración de Valladolid, hecho histórico que debe ser considerado como un antecedente de la Independencia, y que, por desgracia, ha sido ignorado por la historiografía mexicana, duró tan sólo unos meses, ya que el 21 de diciembre de 1809 fue descubierta y algunos de sus integrantes aprehendidos. Sin embargo, este movimiento logró establecer vínculos políticos con personalidades de la época, que en un futuro, casi inmediato, iba a ser los protagonistas del movimiento insurgente.

En ese sentido, el libro Conspiración y espacios de libertad. Valladolid 1809- Morelia 2009, aparecido recientemente gracias al patrocinio del Gobierno del Estado de Michoacán, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y el Ayuntamiento de Morelia, impreso en España por Lunwerg Editores, tiene la virtud de incluir novedosas investigaciones de reconocidos historiadores, en su mayoría pertenecientes a la Casa de Hidalgo, y una espléndida selección de fotografías del maestro Adalberto Ríos Szalay. Esta obra de gran formato da cuenta de un importante acontecimiento de la historia de México, y nos lleva de la mano por la hermosa y colonial Valladolid, hoy Morelia.

En total son dieciséis trabajos, escritos por ocho historiadores. Gerardo Sánchez Díaz es autor de dos textos: en el primero, “Valladolid de Michoacán. Las tensiones sociales de 1800”, sitúa históricamente a la ciudad, sus actividades económicas y composición social, para así poder explicar, de manera breve, los conflictos sociales del momento. En el segundo, “El bachiller Manuel de la Torre Lloreda”, destaca aspectos biográficos de este personaje de la Conspiración, quien al inicio de la época independiente destacó como constituyente michoacano.

Carlos Juárez Nieto participa con el trabajo intitulado “El ayuntamiento de Valladolid de Michoacán durante el proceso de Independencia, 1808 – 1821”, en el que explica la actuación del ayuntamiento de Valladolid frente a los acontecimientos derivados de la crisis de 1808, la reacción de los criollos que buscaban alternativas en el marco del propio contexto monárquico y la integración de una junta representativa. Asimismo, resume la situación y los acontecimientos acaecidos entre 1810 y 1812.

Ricardo León Alanís es autor de dos interesantes textos: el primero, lleva por nombre “Palacio de Gobierno (antiguo Seminario Tridentino de Valladolid)”, y el segundo, “El edificio del Colegio de San Nicolás”. En ambos trabajos aborda los puntos más relevantes sobre la edificación y transformación de dos centros educativos, claves en el proceso de emancipación. Como es del conocimiento general, en el Colegio de San Nicolás, entre 1765 y 1792: “Miguel Hidalgo y Costilla hizo todos sus estudios y una brillante carrera literaria como colegial, catedrático, tesorero y rector…”

Daniela Ibarra López en su artículo “El Obispo Electo, la ciudad y la Guerra de Independencia” aborda el papel que jugó Manuel Abad y Queypo durante este período. Designado como obispo, en mayo de 1810, a él le tocó participar en las diversas actividades que los vallisoletanos emprendieron para hacer frente al ejército del cura de Dolores. Abad y Queypo llegó al extremo de autorizar la fundición  de las campanas de la catedral para elaborar piezas de artillería, además de organizar: “algunas funciones religiosas para implorar la ayuda del cielo”. De igual manera, fue el responsable de la excomunión del Padre de la Patria, hecho que ha quedado registrado en un excelente óleo de David Alfaro Siqueiros, que pertenece al patrimonio de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y se exhibe en el Centro Cultural Universitario.

Por su parte, Moisés Guzmán Pérez, ofrece cinco novedosos trabajos sobre personajes del movimiento insurgente: “Mariano Timoteo de Escandón y Llera. El canónigo de gracia por conquista”; “Juan José de Michelena y Gil de Miranda ¿El eclesiástico de carácter y respeto?”; “José María Abarca Monasterio. El subdelegado que ponía muchas dificultades en la ejecución”; “José Antonio Soto Saldaña y Ruiz de Frutos. El abogado conspirador que veía un poco más lejos” y “Luis Gonzaga Correa. Conspirador que delató cuanto sabía”. Guzmán Pérez aporta datos importantes de la vida y obra de estos personajes, y pone al descubierto la existencia de redes sociales de amistad, de negocios, de compadrazgo y de parentesco entre varios de los miembros de la sociedad vallisoletana.

Silvia Figueroa Zamudio— quien a pesar de sus múltiples ocupaciones como rectora no olvida su formación de historiadora— participa con el texto: “Sor Juana María de la Purísima Concepción de Michelena. La primera monja insurgente de Valladolid”. En él nos narra cómo esta monja, hermana de los Michelena, pasaba misivas insurgentes a través del torno del convento de Santa Catalina de Siena. Método ingenioso y discreto, ya que en derredor de las monjas dominicas acudían gran cantidad de comerciantes, familiares de las religiosas y sirvientes de familias acomodadas.

En una ocasión, una de esas misivas comprometedoras fue descubierta por las autoridades virreinales, por lo que la monja fue acusada de traición a la Corona y sentenciada al fusilamiento al tercer día. La Crónica de la Orden consigna que la comunidad entera se puso en oración y Sor Juana María pidió a Dios con todas sus fuerzas que se la llevara antes de que la comunidad tuviera que sufrir esa pena. “…N. Sr. se dignó oírla, le dio una calentura fuerte y al amanecer el tercer día espiró”.

Por su parte, Eugenio Mejía Zavala contribuye con dos trabajos: “El capitán José María García Obeso y sus casas en Valladolid. Espacios de sociabilidad en la construcción de la opinión pública” y “Antonio María Teófilo Uraga y Gutiérrez. Un ilustrado en el ocaso novohispano”, valiosos textos que nos hablan sobre dos personajes poco estudiados de aquella época.

Finalmente, la historiadora Martha Terán Espinosa, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia, es autora de dos textos: “La verdad del cacique Pedro Rosales” y “Las mujeres y el cacique Rosales”. En ambas colaboraciones destaca la valiosa participación de los indígenas de Valladolid y pueblos aledaños. En el primer artículo explica la importancia que representó aliarse con uno de los caciques de indios más reconocido y respetado. Lo que los conspiradores buscaban era la participación de los indígenas. “Al invitar al cacique (a la Independencia) podían contar con que los indios de los barrios se comprometerían a someter a las autoridades civiles de Valladolid si se triunfaba en el intento de formar una Junta soberana de la provincia”.

En su segundo artículo, Terán Espinosa resalta el papel de las mujeres como enlaces o informantes del cacique, así como la participación de doña Carmelita, esposa de Nicolás de Michelena, única mujer que asistía a las reuniones de los criollos y de la que apenas hablan los testimonios. Como dice la autora: “Si consorte es compartir la suerte, la conspiración de 1809 en clave de mujer fue comprometida, discreta y eficaz como suelen serlo las tramas entre Marías…extendiendo los compromisos de sus hombres y asumiéndolos con ellos, alentándolos pese al peligro primero y protegiéndolos después”.

La segunda parte del libro tiene como soporte el trabajo fotográfico de Adalberto Ríos Szalay. Gracias a su trabajo, podemos admirar las casas en las que conspiraban los antiguos vallisoletanos, los viejos portones, los patios señoriales, las escaleras adornadas con exquisitos trabajos de herrería, las arquerías, las cúpulas de los templos, los claustros de los conventos y los magníficos retablos y muestras iconográficas de inmuebles religiosos. En suma, queda al descubierto la riqueza arquitectónica y estilística de una ciudad hermosa que hoy en día ostenta la denominación de Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Es importante resaltar el interés que el Gobierno del Estado de Michoacán, a través de la Secretaría de Turismo, ha tenido en mostrar al mundo nuestra historia y nuestro patrimonio cultural. Libros como éste son una nueva propuesta de turismo histórico-cultural. Celebremos este esfuerzo editorial, que refleja la rica tradición histórica de Michoacán, y los afanes libertarios enarbolados por los hijos de este jirón de la Patria.

1Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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