Las tres leyes de la ciencia ficción: Asimov, ciencia y literatura
Las tres leyes de la ciencia ficción: Asimov, ciencia y literatura
Francisco M. Juárez1
En el invierno de 1923 una familia de la provincia de Petrovichi, en el límite oriental de Bielorrusia, en la Unión Soviética, decidió trasladarse a vivir a los Estados Unidos. Al llegar a la isla Ellis, en la bahía de Nueva York, el padre de familia, por una equivocada pronunciación, cambió el nombre familiar de Azimov por Asimov. El hecho tuvo un final feliz: el pequeño hijo de la pareja consideró siempre que Isaac Asimov era el mejor nombre del mundo.
El pequeño Isaac aprendió a leer antes de ir a la escuela y se aficionó a la lectura de revistas (tipo pulp o especializadas en el relato y la historieta) que vendían en la tienda de caramelos, el negocio de su familia. Estas revistas eran llamadas así por estar impresas en papel barato hecho de pulpa de madera, las había de todo tipo: detectives, vaqueros, románticas, terror y por supuesto, ciencia ficción. El padre de Isaac era muy estricto respecto a lo que su hijo debía leer, pero Isaac pronto lo convenció de que las revistas en cuyo título aparecía la palabra “ciencia” eran educativas. De esta manera el pequeño Asimov se enamoró para siempre de la ciencia ficción y más tarde, como consecuencia natural, de la ciencia.
Como todo buen aficionado a la ciencia ficción, Isaac se propuso desafiar a sus ídolos, fue entonces que comenzó a escribir sus primeros relatos. Después de algunos intentos fallidos, el primero que logró colocar fue Abandonado fuera de Vesta, el cual apareció publicado el 10 de enero de 1939 en la revista Amazing Stories. Asimov inició así una de las más prolíficas obras de la ciencia ficción y la divulgación de la ciencia.
Asimov llegó a publicar más de 500 libros durante su vida. Su visión científica tuvo siempre preferencia por la llamada “ciencia ficción dura”, aquella que presenta argumentos basados en ciencia real con extrapolaciones verosímiles, en la cual los héroes son científicos con motivaciones y defectos como los de cualquiera.
En la inmensa obra de ciencia ficción de Asimov sobresalen dos series: Los Robots Positrónicos y La Fundación. El robot positrónico de Asimov fue una anomalía para la ciencia ficción del momento, hasta entonces la mayor parte de los relatos que incluían robots los presentaban como amenazas sin control o como seres completamente estúpidos. Asimov, en cambio, imaginó al robot como un ser benéfico, inteligente y noble; sujeto estrictamente a las Tres Leyes de la Robótica:
1.- Un robot no puede dañar a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
2.- Un robot debe obedecer las órdenes de un ser humano, siempre que no entren en conflicto con la primera ley.
3.- Un robot debe proteger su propia existencia, siempre que esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda ley.
Estas leyes, ideadas por Asimov junto a su editor John W. Campbell Jr., permiten establecer en sus relatos de robots deliciosos juegos mentales, así como paradojas del comportamiento y la esencia del ser humano. En estos relatos es frecuente cuestionarse dónde está la esencia humana: ¿qué nos hace realmente humanos? ¿Un ser inteligente y autoconsciente es menos humano por estar hecho de silicio y acero? ¿Es menos real una mente que funciona mediante la aniquilación materia-antimateria de los positrones en su cerebro de platino-iridio?
En la saga La Fundación que inició su publicación en forma seriada en la revista Astounding Science Fiction en mayo de 1941, Isaac Asimov plantea la colosal decadencia y posterior caída del Imperio Galáctico. La saga escrita en clave de novela histórica, narra cómo a partir del desarrollo de la ciencia de la Psicohistoria —un análisis estadístico de las condiciones y tendencias sociales de una gran masa humana— se hace posible predecir la inevitable caída del Imperio, por lo cual se establece La Fundación, una colonia de científicos en un planeta lejano encargada de preservar y aumentar el conocimiento científico del viejo Imperio. La narración pasa revista a los diversos aspectos de la evolución de las civilizaciones humanas en un contexto galáctico; para luego dar paso a un relato detectivesco, ya que se descubre la existencia de una Segunda Fundación, cuyo emplazamiento es desconocido y cuyos propósitos no están claros, amenazando la existencia misma de la Primera Fundación.
Para Asimov resultaba increíble que en la sociedad siguiera vivo el “complejo de Frankenstein”: ese temor irracional a los descubrimientos de la ciencia que considera que “hay cosas que el hombre no debe conocer”. En este siglo XXI que nos escupe en la cara las consecuencias del cambio climático y la amenaza siempre presente de una pandemia; debiera estar claro que nuestra única oportunidad está en saber más, no menos, acerca de la ciencia y las posibles tecnologías que nos saquen del abismo al que nuestra imprudencia y codicia, no la ciencia, nos han arrojado.
1Egresado de la Facultad de Ingeniería Química,
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.














