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De centenarios, lengua escrita y algunos pendientes

De centenarios, lengua escrita y algunos pendientes
Israel Alatorre Cuevas1

Conforme el año de los centenarios se acercaba, la sensación de algo que si no era una cita histórica se le parecía mucho, se instaló paulatinamente en nuestro ánimo. Hoy, los balances de mediano y largo plazo desempañan el espejo y paulatinamente vemos reaparecer inquietantes figuras que nos encaran con quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos y debemos ser.

El asunto de la letra escrita y su apropiación social es una de esas facetas del poliedro que constituye México, en las que la historia pareciera haberse congelado. Si bien los niveles de analfabetismo no rebasan hoy día al 5% de la población, millones de egresados de educación superior muestran un abierto desdén por textos ajenos a lo estrictamente útil (lo escolar o laboral); y acusan graves incapacidades para expresar sus ideas o argumentar sus opiniones, escribir de manera convencional y comprender lo que leen. En materia de prácticas de lectura y escritura, pareciera que una altísima proporción de mexicanos se halla en estado de bochornosa damnificación.

Esto no significa sugerir la inferioridad de textos populares o comerciales frente a textos exquisitos o herméticos. Mal que le pese al mercado, las circunstancias que determinan la calidad de una obra no pasan por niveles de popularidad o volúmenes de venta. No obstante lo anterior, reivindico la necesidad urgente de distinguir sin rodeos como tal, la basura que infesta las preferencias de muchos lectores: desde las revistas de la peor farándula y la prensa amarillista, hasta los libros de “superación personal”. La cantidad de chatarra que se consume, cuando se consume la letra escrita, es abrumadora. No me escandaliza que alguien lea revistas del corazón, me preocupa, sí, que mucha gente no pueda leer más que eso y que no sea capaz de buscar información acerca del mundo en otras fuentes.

Sumergidos ya en el nuevo siglo, en el nuevo milenio, en pleno 2010, preguntémonos por el papel que lectura y escritura juegan —y el que debieran jugar— entre los grupos vulnerables, socio-económicamente hablando, de México. Ensayemos a preguntar. Sólo eso. Nuestros pobres, ¿necesitan de la letra escrita para algo más que satisfacer metas estadísticas de instituciones educativas y culturales? ¿El disfrute, la autoeducación, el conocimiento del mundo pueden ser propósitos valiosos para quienes viven en situación de rezago extremo? ¿Qué atractivo irresistible de la letra escrita podemos ofrecerle a la gente que vive en situaciones de miseria?

Si las respuestas (o la falta de respuestas) obtenidas nos enfrentan a un espejo de nitidez hiriente, hagámonos cargo de los pendientes. De cualquier forma, nos quedan cien años para celebrar el siguiente centenario.

1 Área de Desarrollo Profesional (Preescolar),
Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE).
israfel67@yahoo.com

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